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¿Cómo puede condicionarse o aparecer un miedo?                            Volver


¿CÓMO PUEDE CONDICIONARSE O APARECER UN MIEDO?

Os sitúo. Un día cualquiera en un medio de transporte en Madrid, en el tren de cercanías. Cientos de personas se desplazan de casa a sus trabajos. Es un viaje como el de otros días. Cada uno va entretenido en lo suyo; unos mirando al techo porque van solos, otros mirando por la ventana, otros leyendo, otros mordiéndose las uñas, otros charlando… Entramos en un tramo de la vía ferroviaria madrileña donde el tren tiene que ir bajo tierra, metido entre túneles. De momento… notamos un movimiento brusco del tren, se van las luces y el tren va frenando como por inercia… son sólo unos momentos sin luz, en total oscuridad, donde se oyen los comentarios de las demás personas (“¿Qué ocurre?”, “¿Nos van a dejar sin luces?”…)… y en unos segundos, que pueden ser incluso uno o dos segundos, aparecen las luces de emergencia: luces tenues, pero hay luz suficiente como para vernos. Y el tren queda parado con esa luz durante un tiempo… que en ese momento no podemos predecir.

Vamos a imaginar que había una cámara de vídeo y que podemos ver las reacciones de las distintas personas del vagón en el momento en que el tren vuelve a tener luz, mediante esas luces de emergencia. Nuestros personajes son:

- Un bebé en su carrito llorando.
- La madre del bebé en un primer momento mirando hacia todos los lados y hacia fuera del tren (que, por cierto, como estamos en un túnel, sólo se ve negro…), pero en seguida centrando la mirada en su bebé e intentando calmarle.
- Dos personas que iban charlando animadamente antes de frenar el tren, reanudan su conversación. Inician esta charla con: “Bueno, otra vez se para el tren. A ver si hoy no tarda mucho…”.
- Otra persona que iba leyendo, busca el alumbrado de la luz de emergencia para continuar leyendo.
- Varias personas se levantan de su asiento y empiezan a pasar de un vagón a otro, volviendo de nuevo al vagón de origen.
- Se escucha a varias personas decir “¿Y ahora qué?”, “¿Y cuánto tiempo vamos a estar aquí?”, “Encima nos hemos quedado encerrados en los túneles…”, “Oye, y si nos quedamos aquí parados mucho tiempo, ¿cómo vamos a llegar a la estación por los túneles?”, “¿Por qué no abrimos la puerta para que entre aire? ¡Nos vamos a asfixiar aquí metidos!”,…
- Otra persona se levanta y abre una de las puertas. Varias personas se abalanzan hacia la puerta, pero se lo prohíbe uno de los pasajeros: “Si hacéis eso, cierro inmediatamente la puerta”.
- Varias personas tienen la cara blanca, la postura rígida contra el asiento, la cabeza y la barbilla bien levantada, los ojos bien abiertos, la respiración más rápida, los ojos se mueven constantemente de un lado a otro, etc. Es decir, muestran signos evidentes de ansiedad.

Como podemos “observar” en las reacciones de las distintas personas, algunas están mostrando una reacción muy tranquila y, sin embargo, otras personas se alteran más, llegando incluso a mostrar signos de ansiedad evidente (ej. personas que se ponen a andar de un vagón a otro del tren) y en algún caso aparece un miedo muy claro (ej. personas y síntomas muy claros de ansiedad que siguen sentadas en sus sitios, pero muy tensas, alertas e hipervigilantes).

Antes de pasar a explicar algunas de estas reacciones, vamos a definir lo que es miedo desde un punto de vista psicológico: “Patrón adaptativo de respuestas de ansiedad integrado por respuestas relacionadas con lo que pensamos, lo que ocurre internamente en nuestro cuerpo (respuestas psicofisiológicas) y lo que hacemos y cualquiera puede observar. Este patrón de respuestas supone la activación de un estado de alerta y la disminución drástica de la probabilidad de ser sorprendido” (p. 24, Olivares, 1.999).

Si explicamos un poco más esta definición, lo primero que nos encontramos es que el miedo es un PATRÓN ADAPTATIVO DE RESPUESTAS. Es decir, que este patrón de respuestas sirve para algo en nuestra supervivencia. Lo que hace el miedo es provocar en el cuerpo un estado de alerta que nos permite huir o apartarnos de la situación más fácilmente en caso que fuera necesario. En el caso del tren, y más como están diseñados los trenes actualmente y las medidas de seguridad que tienen, no es necesario salir corriendo; pero en otras situaciones la respuesta automática de miedo nos viene muy bien; por ejemplo, si viésemos que una serpiente viene a mordernos o, por irnos más a situaciones habituales, movemos mal una cacerola y se nos escurre de las manos con agua hirviendo, o vamos por la calle y aparece de repente una persona con un bulto en la mano, que nos va a dar, o vamos conduciendo y de repente la persona de delante pega un frenazo, etc. En todas estas situaciones, la respuesta de miedo es una respuesta adaptativa, ya que mediante el estado de alerta que provoca, nos permite evitar o hacer frente a una situación potencialmente peligrosa para nuestra integridad física o incluso para nuestra vida. Si no existiera ese mecanismo, ¿qué haríamos cuando un balón o un coche vienen a toda velocidad hacia nosotros?… La respuesta es sencilla… No nos defenderíamos ni saldríamos corriendo, con lo que el golpe del balón estaría asegurado en el primer caso y, posiblemente, el coche nos atropellaría o nos golpearía, en el segundo caso.

Por lo tanto, en situaciones novedosas o que son repentinas, un grado de activación moderado nos permite el poder reaccionar de una forma más efectiva ante ese supuesto peligro. Es decir, necesitamos tener en nuestro repertorio esa respuesta de miedo. Es bueno para nosotros. Pero, importante, es bueno tener ese miedo en un grado moderado.

Sin embargo, muchas veces reaccionamos de una forma desproporcionada a algo que nosotros interpretamos como amenaza y peligro. Por ejemplo, podemos reaccionar con un estado de alerta enorme al ver una araña en nuestra casa que no es más grande que la más pequeña de nuestras uñas. Si analizamos esta situación y, a no ser que estemos en un país donde estas “arañitas” sean altamente venenosas, que no es el caso de España, ese bichito no nos puede hacer apenas nada. Y, sin embargo, si atendemos a los cambios que se producen en nuestro cuerpo, si estamos en la situación descrita, y existe este miedo irracional, podemos encontrar: aumento de la tasa cardíaca, respiración más rápida, mayor tensión muscular generalizada, pensamientos de lo que nos puede hacer esa araña (“¿y si me pica?”, “¿y si salta?”, “¿y si cuando estoy durmiendo se viene a mi cara?”…); y, por último, aparece una respuesta de huída: salir corriendo de esa habitación, cerrando incluso la puerta. Por supuesto, si esta persona vuelve en un rato, se da cuenta que la araña sigue en el mismo sitio que estaba, sin moverse, y que no ha intentado esperarla desprevenida para saltarle encima… Pero es que la reacción de alarma cuando hablamos de miedos desproporcionados, es una reacción irracional, no lógica.

Cuando hablamos de esta reacción desproporcionada a la situación, ya no hablamos de miedo, sino que hablamos de fobia. Según Olivares (1.999), la fobia es un “Patrón desadapativo de respuestas de ansiedad, ante estímulos específicos (animales, agua, daño físico, oscuridad, personas extrañas, ruidos intensos…), en los tres sistemas de respuesta que mejor describen actualmente al ser humano:
- Motor: conjunto de respuestas que los demás pueden ver que damos.
- Psicofisiológico: conjunto de respuestas determinados por la forma en que responden internamente distintas partes del cuerpo.
- Cognitivo: lo que pensamos, lo que nos decimos a nosotros mismos y las imágenes que aparecen en nuestra mente.”

Sabiendo todo esto, vamos a analizar las respuestas de las personas que estaban en ese tren.

Tenemos la respuesta de llanto de un bebé. En los seres humanos hay una serie de miedos que llamamos instintivos y universales. En la clasificación que efectúa Gray (1.971) de esos miedos, encontramos que dos de ellos son: miedo a acontecimientos intensos, como ruidos (el ruido repentino que produjo el tren) y miedo a la ausencia de estímulos (desaparición total durante unos segundos de la luz). Debido a que son miedos universales, con mucha probabilidad aparecerán en los niños pequeños, y dependerá mucho de la edad del menor. Pero en los niños en que aparezca este miedo, se producirá una respuesta de alarma, totalmente adaptativa. Y, dependiendo de cómo le apoyen las personas que están con el menor, así se pasará antes o después esta reacción. Como la madre en seguida se pone a calmarle, y ya puede escuchar la voz tranquilizadora de la madre, su llanto cesó pronto. El bebé supo que no pasó nada, que fue un susto.

Nuestro segundo personaje es la mamá del bebé que, recordemos, en un primer momento estuvo mirando fuera del tren, pero acto seguido centró la mirada y la atención en su bebé e intentando calmarle. Para la mayoría de las madres, la primera respuesta que aparece es ayudar a su bebé en caso de que lo esté pasando mal. Es una respuesta casi instintiva, que se hace con el fin de proteger. Si nos remontamos a los tiempos de los hombres primitivos, ya podemos apreciar este cuidado y esta protección hacia sus crías. Esto ocurre tanto en la especie humana como en otro tipo de especies animales. Como el bebé todavía es un ser indefenso, el apego creado entre madre e hijo, permite que la respuesta de alarma que puede tener cualquier persona para salvarse a sí misma, en el caso de una madre con su bebé al lado, su instinto de alarma vaya dirigido a la protección de su hijo.

Lo siguiente que vemos son dos personas que iban charlando y reanudan su conversación. Si volvemos a nuestra descripción del comportamiento humano a tres niveles (cognitivo, fisiológico y motor), en el caso de estas personas podemos explicar su comportamiento por el plano cognitivo, es decir, por lo que han pensado, por la interpretación que han hecho de lo sucedido. Debido a que su respuesta motora (seguir charlando) no ha sido una respuesta de alarma, su respuesta cognitiva (lo que han pensado) ha sido un mensaje de no alarma, no catastrofista. Lo que verbalizan es “Bueno, otra vez se para el tren. A ver si hoy no tarda mucho…”. En este caso, por su respuesta, nos damos cuenta que han vivido experiencias similares donde los resultados no han sido dañinos para su persona. Al darse el mensaje mental de “no ocurre nada, es el tren que se para otra vez, será una avería, pronto reanudaremos el viaje, para qué preocuparnos si no pasa nada…”, estas personas pueden continuar su conversación sin alterarse a nivel fisiológico (lo que sienten físicamente hablando).

En nuestro recorrido, vemos a continuación una persona que iba leyendo previamente al parón del tren, y que busca el alumbrado de la luz de emergencia para continuar leyendo. Esta persona, debido a su reacción tan tranquila, ha debido tener una interpretación no alarmista de la situación, y ha continuado haciendo lo que estaba realizando antes.

En nuestros siguientes personajes ya vemos una clara reacción de alarma: varias personas se levantan de su asiento y empiezan a pasar de un vagón a otro, volviendo de nuevo, varias personas que dicen en alto frases de alarma evidente ante la situación (ej. “¿Y ahora qué?”, “¿Y cuánto tiempo vamos a estar aquí?”, “Encima nos hemos quedado encerrados en los túneles…”, “¡Nos vamos a asfixiar aquí metidos!”,…); una persona que se levanta y abre una de las puertas; personas que se abalanzan hacia la puerta; personas con signos evidentes de ansiedad.

No sabemos a ciencia cierta qué es lo que están pensando y sintiendo exactamente estas personas, pero lo que si sabemos es que por lo que hacen, están nerviosas. Las reacciones ante situaciones que causan ansiedad son variadas. Hay personas que reaccionan quedándose inmovilizadas, y otras no pueden parar. Hay personas que se quedan calladas, y hay otras que no paran de hablar,… Además, no podemos predecir cómo vamos a reaccionar en una situación determinada. Llegado el momento, habrá unos primeros pensamientos en nuestra cabeza, muy rápidos, fugaces y automáticos, que nos llevarán a sentirnos de una determinada manera, y así actuaremos, en función de lo que hemos pensado en un primer momento.

Las personas que tienen niveles de ansiedad elevados ante la situación que están viviendo, lo que en ese momento quieren es escapar de la situación, salir corriendo de allí en cuanto puedan. Si la posibilidad de salir del tren ocurre pronto, su ansiedad se habrá mantenido durante todo ese tiempo, con subidas y bajadas, y con pensamientos casi constantes de activación irracionales. Su sensación al bajar de ese tren será de alivio y de alejarse de allí lo más rápidamente posible. Como no han estado en el tren el tiempo suficiente como para asegurarse que el tren está preparado como para que la gente no se quede sin aire, siguen creyendo que “menos mal que han salido ya, un poco más y se asfixian”. Estas personas se han sensibilizado ante las respuestas de ansiedad vividas en ese rato en el tren, y a partir de ahora, tendrán bastante más miedo al montarse en un tren, porque piensan que se han librado de casualidad de morir…

A partir de aquí, el miedo ya está instaurado. La próxima vez que monte en el tren, si es que monta, posiblemente vaya durante el camino al tren anticipando la situación (“¿Y si hoy también se para?”, “¿Y si me asfixio?”,…). Todos estos pensamientos van haciendo que el nivel de activación de la persona aumente, con lo que los síntomas de ansiedad temidos empiezan a aparecer, a niveles todavía tolerables. Pero su respiración ya es más acelerada debido a los pensamientos ansiógenos y anticipatorios, su chequeo y observación del cuerpo es más constante, con lo que pueden detectar reacciones de su cuerpo muy leves, que antes incluso no eran conscientes de ellas… Y, sobre todo, tienen muchas ganas de evitar montarse en el tren…

A partir de esta situación, si siguen manteniendo su mente tan alerta, empezaran a generalizar su miedo y su autoobservación constante hacia su cuerpo, a situaciones con características similares: sitios cerrados y pequeños, sitios donde es difícil salir, sitios con bastante gente,… Incluso irá haciendo modificaciones en su forma de viajar: puede ponerse siempre cerca de la puerta, por si necesita salir rápido o respirar aire fresco en cada estación; puede viajar de pie aunque haya sitios libres, para no sentirse agobiada por la cantidad de gente a su alrededor de pie, y ser más consciente de dificultades para respirar,…

Todo esto hará que muchos de sus hábitos vayan cambiando y vaya condicionando su vida a lo que en realidad le ha cogido miedo, que es a sus síntomas físicos de miedo. En realidad, no tiene miedo al tren o a sitios cerrados, sino a las sensaciones físicas asociadas a ese miedo, y a eso precisamente es a lo que se tendría que enfrentar para superarlo.

¿Por qué unas personas en esta situación condicionan el miedo y otras no?

Hay una serie de factores que son importantes a la hora de explicar por qué unas personas adquieren estos miedos y otras personas no. Algunos de estos factores son:

- Experiencias anteriores, y resultados de las mismas. Si los resultados han sido positivos o nosotros hemos tolerado bien la interpretación de la situación, o los síntomas físicos aparecidos, es más fácil que no condicionemos el miedo.

- Sistema de creencias. Dentro del sistema de pensamiento de algunas personas, entre otras cosas, pueden pensar que todo lo que sea temible de alguna forma, hay que preocuparse mucho de ello. Y, por tanto, lo que hacen es, en vez de entretener su cabeza en otras cosas, se centran constantemente en cómo están ellos, si les va a dar, si no, si se va a parar el tren, si…, si…, creándose en algunos casos una situación de ansiedad mantenida.

- Atribuciones que hagan e interpretaciones del momento. Si son negativas, alarmistas, catastrofistas,… en ese momento lo pasaremos muy mal, y tendremos más posibilidades de tener y mantener ese miedo.

- Tolerancia a síntomas físicos. Hay personas que toleran muy bien sus síntomas físicos de ansiedad, y no se alarman cuando aparecen. Lo atribuyen a otros factores tranquilizadores, y poco a poco, van pasando debido a la poca importancia atribuida.

Esta no es la única forma de adquirir un miedo. Otras formas de adquirir miedos son:
- Que te lo cuenten
- Ver una situación
- Imaginar las repercusiones negativas de algo,…

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
- OLIVARES, J. (1.999): El niño con miedo a hablar. Madrid: Pirámide.


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